sábado, 10 de octubre de 2015

Un cuento de otoño

Cuenta la leyenda que en el principio de los tiempos, las estaciones climáticas eran tres y duraban cuatro meses. El invierno, la primavera y el verano se repartían las responsabilidades del clima y casi todos convivían en armonía en el nuevo mundo.

Los dragones son seres fascinantes, lagartos gigantes alados que viven tranquilos en sus cuevas, donde nadie se atreve a molestarlos. El oído de un dragón es muy sensible, tan sensible que es capas de sentir como el agua se va convirtiendo en vapor durante el verano, con tanta claridad, que ese silbido constante, con el paso de los días, de las semanas, se transforma en una llamarada ardiente sobre sus tímpanos y que les hierve el corazón.
Muchos dragones perecieron por la locura que el dolor les provocaba, perdían la cordura y se golpeaban con rocas, arboles o lo que encontraran a su al rededor. Unos pocos, cegados por su instinto de supervivencia, salieron de sus cuevas y llenando su garganta con el profundo ardor que recorría su cuerpo, lograron escupir gigantescas llamaradas sobre los arboles y sus hojas, cada llamarada aliviaba su dolor, cada llamarada secaba mas los arboles, cada llamarada acortaba un poco mas el verano.

Algunos sabios creen que nosotros, los seres humanos, no podemos verlos porque la única certeza que tenemos sobre las leyendas, es que son falsas.